El 22 de enero de 1904, hoy hace 118 años, una humilde niña chilena fallecía a los 12 años de edad en un pueblo pequeño y apartado en el desierto occidental de la Argentina. La niña tenía el nombre de Laura del Carmen Vicuña Pino y había nacido en Santiago como hija de un célebre militar chileno, José Domingo Vicuña, el cual pertenecía a una familia prestante de políticos. Su madre en cambio, Mercedes Pino, era de origen muy humilde, por lo cual no fue muy aceptada por la familia de su esposo. La historia se resquebrajó para la joven pareja justo en el año en que nació Laura en 1891, cuando estalló la primera y más grande revolución obrera latinoamericana en Chile y familias aristocráticas como los Vicuña fueron objeto de persecución. Ya en su cuna, comienza Laura una historia de huidas, tal cual la misma familia sagrada que huyó a Egipto. Laura comienza a encarnar así el sufrimiento de los perseguidos y de los inmigrantes que salen de sus tierras en donde corren peligro para buscar una mejor vida. La amargura en cambio no los abandonaría. Llegan al extremo sur de Chile, a la ciudad de Temuco, capital de la provincia de Cautín y de la Región de La Araucanía. Allí, sin muchos recursos, nace la segunda hija, Julia Amada, pero José Domingo fallece poco después, en 1894, dejando a una viuda y dos niñas pequeñas en la más completa miseria y objeto de persecuciones políticas.

Mercedes decide continuar la huida y entra a territorio argentino, para llegar a la provincia de Neuquén, en donde busca trabajos domésticos para alimentar a sus niñas. Una mujer sola y vulnerable, que pronto atraería la atención del dueño de una estancia a orillas del río Quilquihué, un hombre llamado Manuel Mora. Las estancias en Argentina son haciendas en donde turistas y viajeros pueden estar. Mora no sólo le dio empleo a Mercedes, sino que también se atrajo por ella y, como sucede con todo abusador con poder absoluto por sus víctimas vulnerables, como una viuda con dos niñas pequeñas, la presionó para que viviera con él, en concubinato, a cambio de protección y estudio para sus hijas. Mercedes cedió a las presiones del hacendado y de esa manera internaron a las niñas en el colegio de las hermanas salesianas de Junín de los Andes, en donde Laura se acercaría a la espiritualidad de Don Bosco. Las historias de jóvenes santos como Domingo Savio bien pronto llenarían las esperanzas de la niña chilena, la cual comenzó a llamar a la escuela de María Auxiliadora de Junín de los Andes como su “paraíso”. Don Bosco ofrece, ciertamente a sus niños y jóvenes no sólo el acceso a un futuro terreno con una educación encomiable de disciplina y amor, sino también el don de la santidad. La frase de Domingo Savio, morir antes que pecar, seguramente fue escuchada y meditada por una pequeña niña latinoamericana, víctima desde su cuna de persecución y emigración forzada. La santidad juvenil salesiana se expresa grandemente en esta región suramericana del Cono Sur también con la cercanía de otro niño contemporáneo de Laura, el beato Ceferino Namuncura (1886 – 1905).

En los reportes de las hermanas salesianas acerca de Laura se describe como una niña muy devota, caritativa para con sus compañeras y responsable con sus trabajos. Pero los momentos de regreso a casa en días de descanso comenzaron a mortificar a la niña, al ver cómo su madre era víctima de abuso por parte de Mora y ella misma fue atacada varias veces e incluso la trató de abusar sexualmente. La salvó la devoción infantil y valiente que, sin embargo, atrajo la furia del hombre, el cual la amenazó con suspenderle los estudios si seguía con la idea de ser una monja. Las hermanas salesianas, al conocer los sufrimientos de la niña, le concedieron una beca, pero en la mente de Laura comenzó un proyecto de santidad: Salvar a su madre de aquel hombre y purificar su alma. Para Laura su madre no sólo vivía en concubinato, sino que era víctima de abuso y humillaciones, que ponían en peligro a sus propias hijas.

Ese proyecto de santidad comenzó en su primera comunión a los nueve años, ocurrida el 2 de junio de 1901 en donde consagró su vida a Jesús y su pureza a la Virgen María. También puso como propósito entonces “reparar las ofensas que Dios recibe continuamente de los hombres, en especial de las personas de mi familia”. Por los meses siguientes, la niña sería víctima de los sufrimientos de su madre, pero se apegaría a su propósito evangélico con la fe que sólo un niño sabe demostrar.

Como última opción y al meditar en Juan 14, 13 “nadie tiene mayor amor que éste, que ponga alguno su alma por sus amigos”, ofrece su vida al Señor por la salvación de su mamá. La oferta divina fue escuchada y Laura comienza el periplo de su enfermedad: “Señor, que yo sufra todo lo que a ti te parezca bien, pero que mi madre se convierta y se salve”.

Ya en sus últimos días de vida, le confiesa a su madre: “Muero. Yo misma se lo pedí a Jesús, hace dos años que ofrecí mi vida por ti, para pedir la gracia de tu conversión. Mamá, antes de morir ¿tendré la dicha de verte arrepentida?

Mercedes, con los ojos en llanto, le dice: “Te juro en este momento que haré cuanto me pides. Estoy arrepentida. ¡Dios es testigo de mi promesa!“​

Laura dijo al sacerdote que la asistía, y luego a su madre: “Padre, mamá promete en este momento abandonar a aquel hombre; sea usted testigo de su promesa […] ¡Gracias, Jesús!, ¡Gracias, María!, ¡Adiós, Mamá!, ¡Ahora muero contenta!

En tan corta edad, esta niña latinoamericana fue víctima de muchos de los males que aquejan a nuestro mundo moderno: Su familia fue objeto de persecución política, de desplazamiento y emigración. Su madre quedó viuda y sola, como tantas mujeres en la actualidad que pierden sus esposos en medio de tanta violencia o que son objeto de abuso y abandono. Finalmente, tanto su madre como sus dos hijas terminan en las manos de un abusador.

​Esta realidad abrupta que nos recuerda los males presentes en tantas formas, también está bien contrastada con la maravilla de las gracias del Dios misterioso. También Jesús desde su cuna fue objeto de persecuciones y emigración y también creció en la pobreza. Pero su misión simple de llevar el Evangelio a la humanidad, lo llevó a la misma cruz. “Con los cantos de los pequeños, de los niñitos de pecho, has dispuesto tu alabanza” (Mateo 21, 16). Laurita ha sabido llevar a la perfección esa alabanza divina, en su vida simple, en su devoción pura, en su propósito magnánimo que nos habla de conversión, de dignidad de la mujer, del migrante, del pobre y del perseguido.

Las hermanas salesianas de la época fueron las encargadas de registrar este milagro de la vida breve y llena de sentido de Laurita, aunque seguramente de buena intención, le dieron un rostro europeo a una niña nacida en tierras indígenas, mapuches, latinoamericanas que la posteridad tendría que rescatar.

El rostro de la izquierda fue creado por el pintor italiano Caffaro Rore, realizada por encargo de las salesianas italianas e inspirado en una niña europea, que tenía la misma espiritualidad de Laura. El rostro de la derecha es la auténtica Laurita de nuestra historia, un rostro indígena suramericano y mestizo.

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